La Sudáfrica del Mundial y la otra… en el blog de los enviados especiales de la Cadena Ser

Ya sé que desde lo de Paco González he metido un poco de caña a la Cadena SER… sin ir más lejos, en el post anterior. Pero es que claro, uno critica lo que oye…

Desde luego que no todo es malo. Al contrario. En el equipo de deportes de la SER hay gente que me gusta y que lo hace muy bien. Es el caso del blog de los Enviados Especiales al Mundial que actualizan Antonio Romero y Laura Martínez.

En ese blog van contando las noticias, la actualidad de la selección y cómo viven ellos todas esas cosas. Me ha gustado, especialmente, el artículo de Laura Martínez de anteayer, contando su visita a Soweto y me permito reproducirlo, no sin antes recomendar una visita por todo el blog.

Sudáfrica

Ayer por la mañana tuve la oportunidad de ir a conocer Soweto. Soweto es uno de las áreas urbanas más importantes de Johannesburgo. Una ciudad de chabolas marcada por la historia. Fue allí dónde en 1976 empezó la lucha contra la discriminación racial. Se abrió el camino hacia la abolición del apartheid liderada por Mandela en 1994. Una lucha que costó muchas vidas a causa de las cargas policiales que se dieron y que jamás se explicarían. Un territorio que además posee una particularidad, hablamos de la única parte del mundo donde dos personas han recibido el premio Nobel de la Paz: Nelson Mandela y el arzobispo anglicano Desmond Tutu. Los dos residieron en el mismo Soweto. En Soweto se estima que viven cuatro millones de personas. Allí se fueron en la época del apartheid, a un barrio poblado únicamente por negros, igual que en la actualidad, pese que ahora en Soweto ya se pueden diferenciar dos zonas, la de los negros con poder adquisitivo y la de los negros que viven en las conocidas chabolas con techo de uralita. La palabra Soweto responde a: South western township: barrio del Suroeste. Una palabra simple, casi banal, yo diría que paradójica teniendo en cuenta lo que realmente ha significado SOWETO para la historia de Sudáfrica.

Visitar Soweto se ha convertido en una atracción para todos los turistas que visitan Johannesburgo. Los conocidos problemas de seguridad de esta ciudad impiden que uno pueda ir solo a visitar el barrio, por ello es habitual en el día a día ver a autobuses plagados de blancos haciendo una parada en las zonas más marginales para ver como viven. Me gustaría criticar esa práctica, pero ayer yo misma me ví envuelta en ella. Me subí en un autobús sin saber exactamente que es lo que nos íbamos a encontrar y cuando bajé os aseguro que se me olvidó en tres segundos que estaba en Sudáfrica cubriendo un Mundial de fútbol. En Soweto no había banderas de los países participantes o vuvuzelas sonando sin parar o cualquier cosa que recordara que el país estaba viviendo un acontecimiento deportivo, en el Soweto real lo que había era pobreza. Cuando bajé del autobús cuatro chiquillos de entre tres y nueve años vinieron a señalarme los bolsillos y a pedirme dinero, lo mismo que a los otros integrantes de la excursión. Cuanta más vergüenza me daba entrar a visitar la intimidad de las casas de gente viviendo en pésimas condiciones, ellos más amables se mostraban para enseñarte lo poco que tenían. No es habitual que niños de tres años corran hacia personas que jamás han visto, se abracen y se suban a tu hombro con una sonrisa, pero en Soweto eso es habitual. Sabía que querían dinero, pero pensé que tal vez algún niño también querría un abrazo, pues según nos explicó la guía la mayoría de las familias que visitamos correspondían a niños huérfanos de padres afectados por el Sida. Lo de dar dinero a niños sinceramente nunca me ha parecido una buena práctica y la mayoría de los presentes optamos en gastar el dinero comprando chucherías (que es lo que allí vendían) y dándoselas a cada niño que venía corriendo hacia ti. Tras la vergüenza inicial empecé a disfrutar de la alegría de los chiquillos. Seguramente con nada son mucho más felices que tantos otros que tienen de todo pero desean tener más. Sin zapatos correteando por el barrio, jugando a la pelota, todo el día en la calle, pero sonriendo sin parar. Creciendo demasiado deprisa para la edad que tienen, con cuatro años les dabas una bolsa de palomitas, la escondían bajo el jersey y al darte la vuelta venían a pedirte otra, sin maldad, con la sonrisa puesta y con lo que seguramente es su principal lección de vida: espabila como puedas porque no van a venir a ayudarte.

Estuvimos 30 minutos en esa zona, para luego visitar otra zona de Soweto, concretamente la casa donde vivió Mandela. Ahora convertida en museo y la calle convertida en una atracción turística llena de tenderetes con souvenirs para el disfrute de todos los visitantes. Vamos, que eso ya de Soweto tiene bien poco.

De ahí vuelta al autocar, 24 kilómetros hasta volver a la gran ciudad, a ver las banderas del Mundial, a volver a escuchar las vuvuzelas. Tan sólo 24 kilómetros que parecían separar dos mundos. Llegamos y volvimos de golpe a la realidad, a coger los bártulos y a meternos en un estadio de fútbol. En ese momento tuve la sensación de que aquella mañana había estado metida en una burbuja, pero creo que la burbuja no era Soweto sino el propio Mundial. Sudáfrica avanza pero tiene un grave problema que resolver, el de la desigualdad, el de la pobreza.

Una curiosidad, el coche más deseado por los habitantes de Soweto es el BMW. ¿Sabéis como le llaman? ¡Be my Wife! Sin duda, son especiales, muy grandes.

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